Capítulo 5
—¿Se trata otra vez del Círculo Interior? —preguntó Charlotte con gravedad mientras se quitaba las horquillas del cabello y se lo peinaba con los dedos, aliviada por soltárselo. Era como si hubiese tenido puesta media ferretería para mantener los pesados bucles en su sitio.
Su esposo estaba de pie a sus espaldas, dudando de si colgar la chaqueta o dejarla sin más en el respaldo de la silla.
—Probablemente —contestó—. De cualquier modo no puedo culpar a Lambert por no querer sacar todo el asunto a la luz de nuevo. Resulta penoso que se reabra un caso que has llevado y se cuestione si actuaste debidamente, sobre todo si ahorcaron al hombre. Peor aún si no estás por completo seguro de haber hecho todo lo posible y dudas de tu propia honestidad en el momento en que sucedió. —Optó por dejarla en la silla—. Es tan fácil cometer errores cuando todo el mundo pide a gritos una solución y uno teme por su propia reputación, teme que la gente piense que no es lo bastante bueno, que no está a la altura de las circunstancias. —Se sentó en el borde de la cama y siguió desvistiéndose—. Y si tus hombres están aterrorizados porque los testigos mienten, y están asustados y llenos de odio…
—¿Se comportan así con lo del juez Stafford? —preguntó Charlotte, volviéndose en el escabel del tocador para mirarlo.
—No, no lo creo. —Pitt se levantó, se quitó la camisa, la dejó igualmente en la silla y colocó encima la camiseta. Vertió agua caliente del jarro en la jofaina y se lavó las manos, la cara y el cuello, alcanzó el camisón y se lo puso por la cabeza, intentando encontrar las sobaqueras—. Empieza a parecer que podría tratarse de algo personal, que no tenga nada que ver con el caso de Farrier’s Lañe —añadió cuando por fin consiguió sacar la cabeza.
—¿Te refieres a su esposa? —Charlotte dejó el cepillo, miró un instante la pila de ropa de la silla y decidió dejarla donde estaba sin decir nada. No era momento de ponerse a discutir—. ¿Juniper? ¿Por qué iba a matarlo?
—Porque estaba enamorada de Adolphus Pryce —respondió él metiéndose en la cama. No era muy consciente de las prendas que había dejado desparramadas por la habitación… al menos eso pensó ella.
—¿Ah, sí? —preguntó dubitativa—. ¿Estás seguro?
—No, aún no, pero no entiendo por qué iba Livesey a decir eso si no fuera verdad. Tendré que investigarlo.
—Parece un tanto extremo. —Charlotte dejó de cepillarse el cabello y se levantó para apagar el gas del aplique de la pared antes de acostarse. Las límpidas sábanas estaban frías, y se acurrucó contra su esposo—. No lo creo.
—No pensaba que fueras a creerlo. —La rodeó con el brazo—. Sin embargo, no parece haber nada en el asesinato de Farrier’s Lane que merezca la pena ser investigado, a todas luces nada por lo que pudieran matar a Stafford.
—Pero no sabes lo que averiguó —objetó ella.
—Sé lo que yo he averiguado. Nada en absoluto. A Godman lo vieron salir de Farrier’s Lane con el abrigo ensangrentado, y una florista de Soho Square lo identificó dos calles más allá. Él ni siquiera lo negó, tan solo la hora, y resultó no ser cierto. Lo siento, amor mío, pero parece incontestable que lo hizo. Sé que te gustaría que fuese inocente, por Tamar Macaulay, pero al parecer no es posible.
—Entonces ¿por qué quiere el Círculo Interior que lo dejéis estar? —preguntó ella—. Si no hay nada que averiguar, ¿por qué iba a importarles que investigues? —Se escurrió un poco más hacia abajo y supo que, a su lado, Pitt sonreía en la oscuridad—. A decir verdad —añadió—, deberían alegrarse si demostraras que estaban en lo cierto.
Él no dijo nada, extendió el brazo y le acarició el cabello con ternura.
—Solo que tal vez no estén en lo cierto —agregó Charlotte—. ¿Vas a dejarlo estar?
—Voy a dormirme.
—Pero ¿de verdad está cerrado el caso de Farrier’s Lane, Thomas? —insistió Charlotte.
—Por esta noche… sí.
—¿Y mañana?
La atrajo aún más hacia sí, entre risas, y ella no tuvo más remedio que dejar el tema.
Por la mañana Pitt desayunó a toda prisa —se había levantado tarde—, besó larga y delicadamente a Charlotte y salió a la carrera para tomar un ómnibus con el propósito de ver al forense de nuevo.
Charlotte se puso manos a la obra con los quehaceres domésticos del día, comenzando por un montón de ropa para planchar, mientras Gracie fregaba los platos del desayuno y, a continuación, lustraba el hogar de la sala, preparaba la leña para la noche, barría el suelo, limpiaba el polvo y hacía las camas.
A las once ambas interrumpieron su tarea para tomar una taza de té y chismorrear un poco.
—¿Sigue el señor en el caso del hombre al que crucificaron en el patio de las caballerizas? —preguntó la sirvienta con un aire de elaborada despreocupación, mientras removía el té en fingida concentración.
—En realidad no estoy segura —respondió Charlotte sin pretensión alguna—. No te has echado azúcar.
Gracie esbozó una sonrisa burlona y dejó de remover el líquido.
—¿Es que no le cuenta nada?
—Oh, sí… pero cuanto más lo investiga, menos parece que el juez Stafford pudiera haber averiguado nada nuevo al respecto. Y si no lo hizo, entonces no hay ningún motivo por el que alguno de los implicados en el caso pudiera querer matarlo.
—Entonces ¿quién lo asesinó? ¿Su esposa? —Gracie estaba decepcionada. Un asesinato doméstico era mucho menos interesante, en particular si se trataba de una simple relación amorosa y conocían a la otra parte implicada, y nada escandaloso.
—Supongo, o tal vez el señor Pryce.
Gracie se quedó mirándola con fijeza, olvidando el té.
—¿Qué ocurre, señora? ¿Usted no cree que lo hiciera ella?
Charlotte sonrió.
—No lo sé. Supongo que podría ser. No puedo olvidar cómo me sentí al observarla la noche en que murió su esposo. Quizá sea vanidoso pensar que no puedo estar tan equivocada.
—Quizá fuera su amante, señora, y ella no sabía nada —aventuró Gracie intentando ser de ayuda.
—Quizá… pero él también me gusta. —Charlotte bebió un sorbo de té y captó la mirada de Gracie por encima de la taza.
—¿Quién no le gusta? —Gracie siempre era práctica.
—Nadie, por el momento, pero ya me ha gustado antes gente que era culpable.
—¿Ah, sí? ¿De veras? —Gracie abrió los ojos como platos, interesada y sorprendida.
—Depende de por qué. —Charlotte pensó que tenía que explicarse.
Estaba a punto de hacerlo, recordando algunos de los casos de Pitt en los que ella había participado, cuando sonó el timbre y Gracie, tomada por sorpresa, dejó la taza en la mesa, se levantó, se arregló las faldas y salió corriendo por el pasillo para abrir la puerta.
Regresó un instante después con Caroline, que iba elegantemente ataviada, si bien saltaba a la vista que se había vestido con cierto apresuramiento, sin prestar su habitual atención a los detalles. Una vez intercambiados los saludos de rigor y confirmado que todos disfrutaban de una excelente salud, Caroline se sentó a la mesa de la cocina, aceptó el té que Gracie le ofreció y pasó a explicar el motivo de su visita. Tomó aire y se lanzó.
—¿Cómo le va a Thomas con el asesinato del pobre señor Stafford? ¿Ha averiguado y a algo?
—Qué taimada e indirecta eres, mamá —dijo Charlotte, divertida.
—¿Qué?
—Solías criticarme por ser demasiado franca —explicó Charlotte alegremente—. Decías que a la gente no le gustaba y que siempre se debían enfocar las cosas un poco de soslayo, para dar a los demás la oportunidad de evitar el tema si así lo deseaban.
—¡Bobadas! —protestó Caroline, con las mejillas sonrosadas—. En cualquier caso, eso era con los desconocidos y con los caballeros… y yo no soy ninguna de esas dos cosas. Y lo que decía era que resulta indiscreto ser demasiado directo, es…
—Lo sé, lo sé. —Charlotte gesticuló con la mano quitándole importancia—. Me temo que no ha descubierto nada nuevo sobre el asesinato de Farrier’s Lane. No tiene ni idea de por qué el juez Stafford estaba investigándolo de nuevo. Parece estar fuera de toda duda que Aaron Godman era culpable.
—Oh, oh, vaya. Pobre señorita Macaulay. —Caroline meneó la cabeza con expresión de lástima—. Creo que estaba convencida de que su hermano era inocente. Será muy duro para ella.
Charlotte puso la mano sobre la de su madre.
—Solo he dicho que no ha averiguado nada nuevo hasta el momento. No creo que vaya a darse por vencido, a menos que fuera la señora Stafford o el señor Pryce, o ambos.
—¿Y si no fueron ellos?
—Entonces tendrá que volver al caso de Farrier’s Lane… a menos que haya algo más.
—¿Qué? —La inquietud cinceló profundas arrugas en el rostro de Caroline, que ahora se inclinaba aún más sobre la mesa, olvidando el té—. ¿Qué más?
—No lo sé… alguna otra enemistad personal. Algo relacionado con dinero quizá, u otro delito del que estuviera enterado.
—¿Existen pruebas de algo de eso?
—No… no lo creo. No hasta la fecha.
—No parece… —Caroline esbozó una sonrisa de desolación—. No parece probable, ¿no es cierto? Tendrá que volver al caso de Farrier’s Lane. Yo lo haría.
—Sí —convino Charlotte—. Es lo que el señor Stafford estaba haciendo el día en que lo mataron. Debía de tener algún motivo. Aun cuando todo lo que pretendiera fuera demostrar de una vez por todas que lo hizo Aaron Godman, tal vez alguien pensara de forma distinta.
—Eso no es muy lógico, querida —señaló Caroline con tristeza—. Si Aaron Godman era culpable, nadie mataría ahora al señor Stafford para evitar que lo demostrara. Puede que la señorita Macaulay lamentara no poder seguir alimentando la esperanza de lavar el nombre de su hermano, pero no iba a asesinar a Stafford porque creyera que su hermano era culpable. Aparte de que sería ridículo, todos los demás lo consideran culpable. No puede matarlos a todos. ¿Y por qué iba a hacerlo? No fue culpa de Stafford. —Se mordió el labio—. No, Charlotte, si Godman era culpable, no había motivo alguno para matar al juez Stafford. Pero si el culpable es otro, las razones eran muchas si él lo sabía… o si el verdadero asesino pensaba que él lo sabía.
—¿Otro como quién, mamá? ¿Como Joshua Fielding? ¿Es eso lo que temes?
—¡No! —Negó enérgicamente con la cabeza, ruborizada—. Podría ser cualquiera.
—Y ahora, ¿quién no está siendo lógica? —inquirió Charlotte con suavidad—. Las únicas personas a las que vio el juez aquel día fueron su esposa, el señor Pryce, el juez Livesey, Devlin O'Neil, la señorita Macaulay y Joshua Fielding. El señor Pryce, la señora Stafford y el juez Livesey no tenían nada que ver con Kingsley Blaine. El señor Pryce solo entró en el caso cuando llegó el juicio, y el juez Livesey, únicamente cuando se presentó la apelación. Es imposible que sean culpables de ese crimen.
Caroline palideció.
—¡Entonces tenemos que hacer algo! Yo no creo que fuera Joshua y debemos demostrarlo. Tal vez podamos averiguar algo antes de que empiece Thomas, mientras sigue investigando a la señora Stafford y al señor Pryce.
Charlotte sintió una repentina compasión por ella, pero no se le ocurría nada que sirviera de ayuda. Conocía la sensación de temor por el hecho de que alguien con el que uno está encariñado pudiera estar implicado, resultar herido… incluso ser culpable.
—No sé qué podríamos averiguar —dijo con voz vacilante, observando el rostro de Caroline y la ansiedad que rezumaba, consciente de la vulnerabilidad de su situación. Era tan fácil quedar en ridículo—. Si Thomas ha tratado… —Se encogió de hombros—. No sé por dónde empezar. No conocemos a la señora Stafford… aunque, desde luego, supongo que podría visitarla… —Sabía que su reticencia a hacerlo se manifestaba claramente en su voz y en su expresión—. Es… —Se esforzó por buscar palabras que no fueran demasiado bruscas—. Comprenderá que es por curiosidad; sabe que soy la esposa de un policía. Y si es inocente y está llorando la pérdida de su esposo, independientemente de lo que sienta por el señor Pryce (y no sabemos cuáles son sus sentimientos, es solo un rumor), resultaría tan ofensivo…
—¿Y si hubiera gente inocente en peligro? —insistió Caroline inclinándose sobre la mesa—. Está claro que eso ha de ser lo más urgente, lo más importante.
—Ese aún no es el caso, mamá, quizá nunca lo sea.
—Cuando lo sea, será demasiado tarde —afirmó Caroline con creciente inquietud—. No se trata únicamente de acusaciones y arrestos, Charlotte… sino de sospechas y reputaciones arruinadas. Eso puede bastar para destruir a alguien.
—Lo sé.
—¿Qué dijo lady Cumming-Gould? No me lo has comentado.
—A decir verdad no lo sé. No la he visto desde entonces, y ella no me ha enviado ninguna nota, de modo que sospecho que no averiguó nada que estimara de valor. —Sonrió—. Quizá realmente el caso fuera concluyente.
—¿Podrías averiguarlo, por favor?
—Por supuesto —aseguró Charlotte con alivio. No sería difícil.
—Puedes utilizar mi coche de nuevo, si lo deseas —ofreció Caroline, que de inmediato se ruborizó por su propia insistencia y por la urgencia con que estaba siguiendo el caso—. Si sirve de ayuda, naturalmente —añadió.
—Oh, sí —aceptó Charlotte con la más leve de las sonrisas—. Ayudaría mucho. —Se puso en pie, la risa en sus ojos inequívoca ahora—. Resulta mucho más elegante llegar en coche que ir caminando desde la parada del ómnibus.
Caroline abrió la boca para decir algo, luego cambió de opinión.
Vespasia estaba fuera cuando Charlotte llegó a su casa. La camarera le informó de que no tardaría más de media hora en volver y, si Charlotte era tan amable, podía esperarla tomando té en la salita. A lady Vespasia le disgustaría sobremanera no verla.
Charlotte aceptó y se vio sentada en la elegante sala de Vespasia bebiendo su té y contemplando las llamas del hogar. Tenía tiempo para echar un vistazo alrededor, algo que no había hecho antes, pues habría parecido una curiosidad impertinente. La estancia llevaba la impronta del carácter de Vespasia. Había dos candelabros altos, esbeltos, sobre la chimenea, no en los extremos, como cabría esperar, sino ambos un tanto a la izquierda, asimétricamente dispuestos. Eran de plata georgiana, muy elegantes y sencillos. En la mesa Sheraton próxima a la ventana había un arreglo floral en una vasija de porcelana de Worcester: tres crisantemos rosas muy bajos que ocupaban el centro, y multitud de hojas de haya cobrizas, así como algunos capullos de un oscuro rojo púrpura cuyo nombre desconocía.
Perdió el interés por el té y se levantó para ver más de cerca las escasas fotografías que reposaban sobre el buró en sencillos marcos. El que primero atrajo su atención fue un óvalo color sepia desdibujado hasta la nada en los bordes: una mujer de unos cuarenta años, de cuello esbelto, pómulos prominentes y nariz delicada, aguileña. Anchos párpados enmarcaban los grandes ojos bajo una frente perfecta. Era un rostro hermoso, si bien, pese a todo su orgullo y sus rasgos clásicos, poseía personalidad, y la romántica pose no lograba enmascarar por completo ni la pasión ni la fuerza.
Charlotte tardó unos minutos en darse cuenta de que se trataba de la propia Vespasia. Se había acostumbrado tanto a verla como una anciana dama que había olvidado que pudiera ser tan diferente de joven… y sin embargo, al mirarla por segunda vez, tan igual.
Las otras fotografías eran de una niña de unos veinte años, muy hermosa, pero de facciones más contundentes, mayor mandíbula y nariz más roma. El parecido era evidente, y también parte del encanto, pero no así el temple, no el fuego de la imaginación. Debía de ser Olivia, la hija de Vespasia, quien se había casado con Eustace March y había fallecido tras darle numerosos hijos. Charlotte no llegó a conocerla, pero recordaba a Eustace con total nitidez, con ira y compasión a un tiempo.
La última fotografía era de un anciano aristocrático de rasgos marcados, semblante amable y ojos que miraban a lo lejos, más allá de la cámara, a algún mundo propio. El parecido con Vespasia era suficiente para que Charlotte dedujera, por lo apagado de la imagen, el modo de vestir y el estilo de la fotografía, que se trataba del padre de Vespasia.
Era interesante que hubiese decidido conservar en su habitación favorita un recuerdo de su padre, no de su esposo.
Charlotte estaba mirando los tomos de la librería de madera tallada cuando oyó un murmullo en el recibidor y pasos por el parqué. Se dio la vuelta rápidamente y se dirigió hacia la ventana, de forma que cuando la puerta se abrió y entró Vespasia ella estaba de frente, sonriendo.
Vespasia parecía rebosante de energía, como si estuviera a punto de ir a algún sitio que prometía ser excitante, no como si ya hubiese vuelto. El fuerte viento le había arrebolado la tez, caminaba erguida, la espalda bien recta, y vestía un traje de suave azul uva, un color delicado, ni marino ni púrpura, y tampoco plateado. Era sutil, caro y extremadamente favorecedor. Apenas tenía polisón, siguiendo la moda más avanzada, y el corte era exquisito. No cabía duda de que había dejado un majestuoso sombrero de ala en el recibidor.
—Buenos días, tía Vespasia —saludó Charlotte con sorpresa y auténtico placer. No la veía tan saludable desde antes de la muerte del primer marido de Emily, sobrino de Vespasia y único motivo por el cual podían considerarla de la familia. Parecía haberse despojado de los años que el dolor le había añadido y ser la mujer enérgica que antaño fue—. Tiene un aspecto excelente.
—Un comentario bastante justo —repuso Vespasia con evidente satisfacción—. Estoy extraordinariamente bien. —Miró a Charlotte con atención—. Pareces un tanto nerviosa, querida. ¿Aún sigues preocupada por ese lamentable asunto de Farrier’s Lane? ¡Por el amor de Dios, siéntate! Da la impresión de que vas a salir corriendo. Y no es cierto, ¿no?
—No, no… por supuesto que no. He venido a verla y no tengo nada inmediato que hacer. Mamá está en casa y se encargará de cualquier cosa que pueda surgir.
—Bien. —Vespasia se sentó con elegancia, arreglándose la falda con un golpe de la mano—. ¿Aún sigue enamorada de ese actor?
Charlotte sonrió con tristeza y se sentó frente a ella.
—Sí, eso me temo.
Vespasia enarcó las cejas.
—¿Te temes? ¿Tanto importa? Es libre de hacer lo que le plazca, ¿no? ¿Por qué no iba a tener un pequeño amorío?
Charlotte respiró hondo, con la mente llena de toda suerte de excelentes razones por las que no debería tenerlo. Sin embargo, cuando se disponía a enumerarlas, pese a la intensidad de las emociones que despertaban en ella, se le antojó que, dichas en voz alta, resultaban tontas y sin valor.
Vespasia parecía divertida.
—Es así —afirmó—, pero te preocupa que ese infeliz pueda ser sospechoso de estar implicado en la muerte de Kingsley Blaine.
—Sí, al menos… no. Thomas parece creer que no hay nada más que investigar a ese respecto, y que Stafford simplemente intentaba reunir bastantes pruebas para persuadir a Tamar Macaulay de que dejara estar el asunto de una vez.
—Pero tú no lo crees —aventuró Vespasia.
Charlotte se encogió de hombros.
—No lo sé. Supongo que podría haber sido su viuda, pero… me cuesta aceptarlo. Yo estaba con ella, cogiéndola de la mano, cuando él murió. Me cuesta creer que se aferrara a mí de tal modo, sin dejar de mirarlo, y que lo envenenara ella misma. Aparte de eso, sería tan estúpido… y tan innecesario…
—De nuevo el asesinato de Farrier’s Lane —comentó Vespasia, pensativa—. He hablado con el juez Quade al respecto. He sido descuidada al no hacerte saber lo que averigüé. —Sus mejillas se tiñeron de un débil tono rosado, y Charlotte se percató de ello con extrañeza. Nunca antes había visto la timidez en Vespasia. Esperó una explicación, mas no recibió ninguna. En su lugar, Vespasia pasó a referirle los resultados de sus pesquisas como si tal cosa, si bien puso extremo cuidado en cada palabra—. En opinión del juez Quade, el caso fue de lo más angustioso, no solo por las circunstancias del asesinato, sino porque las emociones estaban tan exaltadas y todo fue tan desagradable que el asunto se llevó a cabo de una forma febril y apresurada, así que no fue sencillo garantizar que la ley se aplicara honradamente, no digamos que se hiciera justicia.
—¿Opina él que no se hizo justicia? —preguntó Charlotte al punto, esperanzada y temerosa a un tiempo.
Los ojos grises de Vespasia reflejaban absoluta serenidad.
—Cree que se hizo justicia —contestó con gravedad—, pero no se hizo bien.
—¿Quiere decir que Aaron Godman era culpable?
—Eso me temo. Era el ambiente lo que preocupaba a Thelonius, el hecho de que incluso Barton James, el abogado defensor, pareciera creer culpable a su cliente y llevara el caso de un modo adecuado, pero nada más. La ciudad entera había llegado a albergar tal odio que se desató una gran violencia en las calles contra judíos que no tenían nada que ver con él, sencillamente por ser judíos. Habría sido imposible dar con un jurado imparcial.
—Entonces ¿cómo pudo ser justo el juicio? —inquirió Charlotte.
—No me extrañaría que no lo fuera.
—¿Y por qué permitió que continuara? ¿Por qué no hizo algo?
Por una vez en los ojos de Vespasia no había asomo de humor o indulgencia. Se apresuró a defenderlo.
—Según tú, ¿qué debería haber hecho?
—No… no estoy segura. —Charlotte reparó en el cambio de tono de la anciana, en la sutil diferencia en sus ojos. No podía soportar pelearse con ella y recordó que Thelonius Quade era un viejo amigo. Sin quererlo, había cuestionado el honor de un hombre al que Vespasia tenía en cierta estima. Tal vez en gran estima—. Lo siento —añadió al instante—. Supongo que no podía hacer nada. Hay que cumplir la ley, ¿no es cierto? Difícilmente podría declarar un juicio nulo si no se había hecho nada incorrecto.
La expresión de Vespasia se suavizó, sus ojos recuperaron el brillo.
—Se planteó hacer algo él mismo que provocara que la defensa hiciera justamente eso. Luego decidió que sería deshonroso para su cargo y una declaración de que no creía en la propia ley que era su obligación aplicar.
—Oh. —Charlotte frunció el entrecejo, vivamente impresionada por la extrema gravedad de lo que Vespasia le estaba diciendo—. Si un juez alberga tales pensamientos, debe de ser realmente desagradable. Qué delicado por su parte haberlo sopesado con tanta imparcialidad y haberse preocupado lo bastante para plantearse algo así.
—Es un hombre poco común —afirmó Vespasia, que bajó la vista por un instante, apartándola de Charlotte.
Esta se sorprendió a sí misma sonriendo mientras se preguntaba qué clase de amistad había existido entre Vespasia y el juez Quade. No tenía ni idea de cuándo había comenzado. ¿Había sido más que amistad, tal vez afecto? Era una idea agradable, y esbozó una amplia sonrisa.
Contempló la espalda erguida y la elegante cabeza de Vespasia. La imaginó diciendo: «¿Y qué es eso que encuentras tan divertido, si puede saberse?», pero no hubo palabra alguna. Tan solo el rubor en las mejillas de la anciana.
—Muchísimas gracias, tía Vespasia —dijo Charlotte con dulzura—. Le agradezco que se haya tomado la molestia de interesarse, aun cuando parezca que en realidad no hay nada más que averiguar.
—Sí, sí lo hay —arguyó Vespasia, atrapando de nuevo su atención—. No mucho, y quizá nada revelador, pero el juez Quade dijo que estaba seguro de que a Aaron Godman le propinaron una paliza, mientras estuvo detenido. Cuando apareció en el juicio presentaba magulladuras y laceraciones demasiado recientes para haberse producido cuando se cometió el asesinato. Y con anterioridad a su arresto estaba ileso.
—Oh, cielos. Es terrible. ¿Cree que los carceleros lo golpearon mientras estuvo en prisión?
—Quizá. O la policía cuando lo detuvo —respondió Vespasia observando el rostro de Charlotte con preocupación—. Lo siento, pero cabe esa posibilidad.
—¿Quiere decir que se peleó con ellos?
—No, querida. El policía en cuestión no tenía ni un rasguño.
—Oh. —Charlotte respiró hondo—. En cualquier caso, eso no demuestra nada, ¿no? Salvo que, como usted dice, las emociones eran encontradas y estaban a flor de piel. Tía Vespasia…
La anciana aguardó.
—¿Cree que el señor Quade estaba dando a entender, de un modo eufemístico, que en su opinión la policía estaba tan desesperada por lograr una condena y satisfacer los deseos de la gente que acusó a sabiendas al hombre equivocado?
—No —respondió Vespasia con total seguridad—. No. Le preocupaba la forma en que se llevaba la investigación, la premura y las emociones que despertó, y la indiferencia de la defensa, pero creía que las pruebas eran auténticas, y el veredicto, correcto.
—Oh… entiendo. —Charlotte suspiró—. Entonces parece que, después de todo, el juez Stafford solo pretendía demostrar de una vez por todas que el asunto había concluido, y seguramente nadie le mataría por eso. Después de todo debe de tratarse de su esposa… o del señor Pryce.
—Me temo que eso parece.
Charlotte la miró. ¿Había en ella algún rastro de duda?
—¿Sí?
—Es posible que alguien tenga algo que ocultar, algo tan desagradable como para temer la investigación del señor Stafford, sin estar al tanto de su naturaleza o incluso estando al tanto de ella. —Vespasia frunció aún más el entrecejo—. Y por si era demasiado concienzudo, lo mató. Admito que no parece probable…
—No —convino Charlotte, si bien el tono de su voz contradecía la palabra—, pero no es imposible. En realidad no. Creo que podríamos investigar eso, ¿no cree? Quiero decir… —Se interrumpió. Había dado demasiado por sentado—. ¿Podemos? —preguntó tanteando.
—Oh, no veo por qué no. —Vespasia sonrió, divertida y satisfecha a un tiempo—. No veo por qué no. No sé cómo… —Enarcó sus finas cejas en un gesto inquisitivo.
—Tampoco yo —admitió Charlotte—, pero tenga por seguro que pensaré en ello.
—Me preguntaba si podrías —murmuró Vespasia—. Si puedo ayudarte en algo, estaré encantada de hacerlo.
—Me preguntaba si podría —repuso Charlotte con tono burlón.
Charlotte dudaba de si mencionar a Pitt su visita a la tía abuela Vespasia. Si lo hacía, a buen seguro él le preguntaría por qué le interesaba tanto el asunto. No le costaría mucho deducir que se debía a la estima que Caroline sentía por Joshua Fielding y a la posible implicación de este en el asesinato de Kingsley Blaine y, por lo tanto, en el del juez Stafford. Charlotte siempre podía intentar convencerlo de que era porque Caroline se encontraba presente en el teatro, por lo cual estaba profundamente implicada en la emoción del crimen. Sin embargo, sabía que Pitt sería capaz de ver más allá, y tal vez la encontrara ridícula, una mujer entrada en años, viuda y sola, encaprichada de un hombre más joven, encantador, que no pertenecía en modo alguno a su clase ni tenía su experiencia, un hombre que le ofrecía un último soplo de juventud.
Dicho así resultaba absurdo y un tanto patético. Pitt no sería cruel ni crítico, pero tal vez sintiera una discreta, irónica lástima. No podía someter a Caroline a semejante humillación. Se sorprendió de lo protectora que se sentía, lo pronta a defender su extraordinaria vulnerabilidad.
De modo que solo comentó a su esposo que había visitado a Vespasia, y cuando él alzó la vista rápidamente, ella bajó la suya y se concentró en la labor.
—¿Cómo está? —preguntó Pitt sin dejar de mirarla.
—Oh, disfruta de una excelente salud. —Levantó la vista hacia él y le dedicó una breve sonrisa. Pitt sospecharía si se detenía ahí. La conocía demasiado bien—. No la veía tan animada desde la muerte del pobre George. Ha vuelto a ser la que era, con toda la energía que solía tener cuando la conocimos.
—¿Charlotte?
—¿Sí? —Lo miró con los ojos bien abiertos, inocentes, manteniendo la aguja en el aire.
—¿Qué más?—preguntó él.
—¿De qué? La tía Vespasia parecía disfrutar de una excelente salud y estaba muy animada. Pensé que te gustaría saberlo.
—Y me gusta, naturalmente, pero quiero saber qué más has descubierto que tan bien te hace sentir.
—Ah. —Estaba encantada. Lo había engañado a la perfección. Le dirigió una amplia sonrisa, esta vez sin malicia—. Ha visitado a un viejo amigo, y a decir verdad creo que es posible que le tenga mucho cariño. ¿No es estupendo?
Él se incorporó.
—¿Quieres decir un romance?
—Bueno… ¡difícilmente! ¡Tiene más de ochenta años!
—¿Qué demonios importa eso? —Pitt alzó la voz con incredulidad—. El corazón nunca deja de sentir.
—Bueno, no… supongo que no. —Sopesó la idea con sorpresa, luego con creciente agrado—. No. ¿Por qué no? Sí, creo que tal vez fuera un romance cuando se conocieron, supongo que podría serlo de nuevo.
—Excelente. —Pitt sonreía abiertamente—. ¿De quién se trata?
—¿Qué? —La pilló por sorpresa.
—¿De quién se trata? —repitió él con suspicacia.
—Oh… —Charlotte reanudó la costura, los ojos fijos en la aguja y en el lienzo—. Un amigo de hace algunos años. Thelonius… Thelonius Quade.
—Thelonius Quade —repitió Pitt lentamente—. ¿Charlotte?
—¿Sí? —La mirada clavada en el lienzo.
—¿Has dicho Thelonius Quade?
—Eso creo.
—¿El juez Thelonius Quade?
Ella vaciló solo un instante.
—Sí…
—Que casualmente presidió el juicio de Aaron Godman por el asesinato de Kingsley Blaine…
No tenía sentido mentir. Charlotte intentó evadirse.
—Creo que por aquel entonces su amistad se había enfriado.
Pitt meneó la cabeza con expresión irónica.
—Eso es irrelevante. ¿Por qué de repente retoma su amistad ahora?
Charlotte no respondió.
—¿Porque tú se lo pediste? —prosiguió Pitt.
—Bien, me interesa —señaló ella—. Yo estaba presente cuando el pobre hombre murió. Para ser exactos, asida a la mano de su viuda.
—Y no crees que ella lo matara —dijo Pitt con dureza. No estaba enojado, a decir verdad se mostraba divertido, pero Charlotte sabía que su esposo no aceptaría discusiones.
—No, no, en realidad no lo creo —reconoció ella mirándolo a la cara por fin—. El caso es que el juez Quade se sintió satisfecho con el veredicto, aunque no con el modo en que se había desarrollado el juicio. —Sonrió a su esposo con candidez—. Todo apunta a que el pobre Godman era culpable, aun cuando no lo demostraran de la mejor forma. De todos modos, Thomas, ¿no es cierto que el hecho de que el juez Stafford estuviera investigando el caso de nuevo podría haber asustado a alguien lo bastante, por algún otro motivo, algún otro pecado, como para matarlo? —Aguardó con impaciencia, escudriñando su rostro.
—Es posible —afirmó con gravedad—, pero no probable. ¿Qué pecado?
—No lo sé. Tendrás que averiguarlo.
—Quizá… pero primero voy a volver sobre el asesinato de Stafford… y a investigar si Juniper Stafford o Adolphus Pryce pudieron obtener opio de algún modo. Hay muchas cosas más que necesito saber sobre ellos.
—Sí, claro, pero no olvidarás el caso Blaine/Godman, ¿no es cierto? Quiero decir… —De repente tuvo una idea—. ¡Thomas! ¿Y si hubiera algún asunto, algo fraudulento en el caso, soborno, violencia, algún otro asunto que afecte a alguien poderoso, que pudiera arruinar a alguien? Esa podría ser una razón para matar al juez Stafford antes de que lo averiguara… aun cuando no cambiara la culpabilidad de Godman, ¿no te parece?
—Sí—afirmó Pitt con cautela—. Sí, es posible…
—Entonces ¿lo investigarás?
—Después de Juniper y Adolphus. No antes.
Ella sonrió.
—Estupendo. ¿Te gustaría tomar una taza de chocolate antes de ir a la cama, Thomas?
Al día siguiente Charlotte delegó en Gracie el cuidado de los asuntos del hogar y tomó un ómnibus a Cater Street para visitar a Caroline. Llegó algo después de las once y se encontró con que su madre había salido a hacer un recado. Su abuela estaba sentada en el amplio y viejo salón, junto al fuego, completamente indignada.
—Bien —dijo mirando a Charlotte, la espalda muy recta, las ajadas manos cerradas como garras en torno a la empuñadura del bastón—. De modo que por fin te has dignado venir a verme. Por fin has comprendido cuál es tu obligación. Un poco tarde, jovencita.
—Buenos días, abuela —saludó Charlotte con calma—. ¿Cómo se encuentra?
—Estoy enferma —dijo la anciana, mordaz—. No hagas preguntas estúpidas, Charlotte. ¿Cómo iba a estar sino enferma, con tu madre comportándose como una perfecta idiota? Nunca ha sido demasiado inteligente, pero ahora parece haber perdido por completo el juicio. La muerte de tu padre la ha trastornado. —Resopló enojada—. Supongo que era de esperar. Algunas mujeres son incapaces de asumir la viudez. Sin aguante… sin sentido de lo que es conveniente. De todos modos, nunca tuvo mucho de eso. Mi pobre Edward siempre tenía que encargarse de todo.
En otra ocasión Charlotte quizá habría pasado por alto el insulto. Formaba parte del patrón de conducta de su abuela y ella se había acostumbrado a él, pero en ese momento se sentía protectora para con su madre.
—¡Bah, tonterías! —replicó enérgicamente, sentándose en la silla de enfrente—. Mamá siempre ha tenido perfecto sentido de lo que es apropiado.
—¡No te atrevas a decirme que son tonterías! —espetó la abuela—. Ninguna mujer con la más mínima noción del decoro casaría a su hija con un policía, aunque fuera fea como un caballo y boba como una gallina. —Esperaba que Charlotte se ofendiera y, como no lo hizo, continuó a regañadientes—. Y ahora se está poniendo en evidencia al buscar la amistad de gentes de la farándula. Por el amor de Dios, ¡eso no dice mucho en su favor! Puede que sepan declamar en perfecto inglés, pero su moralidad es la del arroyo. No hay ninguno bueno. Y la mitad son judíos… lo sé a ciencia cierta. —Miró a Charlotte de reojo, en actitud provocadora.
—¿Y eso qué tiene que ver? —soltó Charlotte tratando de que pareciera una auténtica pregunta.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —La anciana padecía una sordera selectiva y ahora había decidido hacer que Charlotte repitiera el comentario con la esperanza de acobardarla o, en el peor de los casos, darse tiempo a sí misma para pensar una respuesta apabullante.
—Le preguntaba qué tenía eso que ver —repitió Charlotte sonriente.
—¿Qué tiene que ver con qué? —inquirió a su vez la abuela, enfadada—. ¿De qué estás hablando, jovencita? A veces sueltas auténticos disparates. Eso es por mezclarte con las clases bajas, que carecen de educación, no saben expresarse. Te dije que ocurriría. También se lo advertí a tu madre… pero ¿acaso me escucha alguna vez? Vas a tener que hacer algo con ella.
—No hay nada que yo pueda hacer, abuela —razonó Charlotte, paciente—. No puedo obligarla a que la escuche si no desea hacerlo.
—Ahora escúchame bien, jovencita estúpida. De verdad, a veces hay que tener contigo más paciencia que un santo.
—Nunca se me habría ocurrido que usted fuera una santa, abuela.
—¡No seas impertinente! —La anciana blandió el bastón buscando las piernas de Charlotte, pero estaba demasiado lejos para hacer más que darle en las faldas ruidosamente.
—¿Sabe si volverá pronto? —preguntó Charlotte.
La anciana alzó las tenues cejas hasta casi tocar el cano cabello.
—¿Acaso supones que me lo dice? —replicó con voz estridente, indignada—. Entra y sale a todas las horas del día… y de la noche, eso es lo único que sé. Ataviada como un personaje de melodrama, la muy necia. En mis tiempos las viudas vestían de negro… y sabían cuál era su sitio. Esto es del todo indecente. Tu padre, pobre hombre, no lleva muerto ni cinco años, y ahí tienes a Caroline correteando por Londres como una veinteañera atolondrada intentando pescar marido en su puesta de largo, antes de que sea demasiado tarde.
—¿Dijo algo?
—¿Acerca de qué? Nunca me cuenta nada importante. Creo que no se atrevería.
—Acerca de cuándo iba a volver. —A Charlotte le costaba mantener un tono cortés.
—Y si lo hubiera hecho, ¿de qué te supones que serviría? ¡De nada! ¡Nada en absoluto!
—De todas formas, ¿qué le dijo?
—Oh… que iba al sombrerero y que estaría de vuelta en media hora. ¡Paparruchas! Podría estar en cualquier parte.
—Gracias, abuela. Tiene muy buen aspecto. —Y a decir verdad así era. Estaba exultante, tenía la tez rosada y sus ojillos negros poseían una increíble vivacidad. Nada la revivía tanto como una pelea.
—Necesitas gafas —espetó la abuela con crueldad—. Me duele todo… todo el cuerpo. Soy una anciana que necesita cuidados y una vida sin penas ni preocupaciones.
—Moriría de aburrimiento sin algo por lo que sentirse ofendida —afirmó Charlotte con una franqueza de la que unos cuantos años atrás no habría sido capaz, con toda seguridad no cuando su padre vivía.
La anciana soltó un bufido y la miró airada. Solo recordaba que estaba sorda cuando era demasiado tarde.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¡Tu pronunciación se está volviendo muy descuidada, jovencita!
Charlotte sonrió. Poco después oyó los pasos de su madre en el recibidor, se puso en pie y se excusó. Dejó a la anciana quejándose porque se la excluía de todo y llegó al recibidor justo cuando su madre estaba a medio camino escaleras arriba.
—¡Mamá!
Caroline dio media vuelta. Su rostro rebosaba de satisfacción.
—Mamá. —Charlotte comenzó a subir por las escaleras.
Caroline llevaba un hermoso sombrero, la amplia ala adornada con plumas y flores de seda. Era lujoso, extravagante y absolutamente femenino. A Charlotte le habría encantado tener uno así, aunque de todos modos no habría tenido ocasión de lucirlo.
—¿Sí? —respondió Caroline con impaciencia—. ¿Te has enterado de algo?
—No de mucho, me temo. —Se sentía culpable por alimentar sus esperanzas, por poco que fuera, y experimentaba un intenso deseo de protegerla del dolor—. Pero al menos es un principio.
—¿Hay algo que podamos hacer? —Caroline se giró, dispuesta a bajar de nuevo—. ¿De qué te has enterado? ¿Por boca de quién…? ¿Thomas?
—De la tía Vespasia, pero en realidad no es mucho.
—¡No importa! ¿Qué podemos hacer?
—Averiguar más de ellos, de los implicados, por si existe algún otro delito o secreto personal, como tú sospechabas, que alguien temiera que el juez Stafford pudiera desentrañar.
—Oh, excelente —exclamó Caroline con tono alegre—. ¿Por dónde empezamos?
—Tal vez por Devlin O'Neil —propuso Charlotte.
—Pero ¿qué hay de la señora Stafford y del señor Pryce? —El rostro de Caroline reflejaba preocupación y cierta culpa, ya que deseaba que formaran parte de la tragedia.
—No los conocemos —señaló Charlotte con razón—. Empecemos por donde podamos. Al menos la señorita Macaulay y el señor Fielding pueden ayudarnos a este respecto.
—Sí… sí, naturalmente. —Caroline miró a Charlotte de arriba abajo—. Vas muy elegante. ¿Estás lista para salir ahora mismo?
—Si crees que podemos ir sin recibir primero una invitación…
—Oh, sí, estoy segura de que la señorita Macaulay nos recibirá si vamos esta misma mañana. Por la tarde tienen ensayo, y presentarnos entonces resultaría inoportuno.
—¿Ah sí? —preguntó Charlotte con sorpresa y cierto sarcasmo. No había caído en la cuenta de lo familiarizada que estaba su madre con los hábitos cotidianos de actores y actrices. Le costó trabajo morderse la lengua y abstenerse de hacer comentarios.
Caroline apartó la mirada y empezó a organizarse. Llamó al lacayo para que mandara traer de nuevo el coche e informó al personal de que no comería en casa.
Varios miembros de la compañía de teatro habían alquilado una gran casa en Pimlico. El director, el señor Iñigo Passmore, era un anciano caballero que en su día había sido una «estrella», pero que ahora prefería representar solo papeles secundarios. Su esposa también había sido actriz, pero rara vez aparecía en escena en la actualidad, pues disfrutaba de una posición de honor y de considerable poder: se encargaba del vestuario, del atrezo y, cuando era preciso, de la música. La pareja ocupaba la planta baja y, por lo tanto, el jardín.
Joshua Fielding disponía de las habitaciones de la parte delantera de la primera planta, y una joven actriz de gran porvenir, Clio Farber, de las de la parte trasera. En el segundo piso habitaban Tamar Macaulay y su hija.
—No sabía que tuviera una hija —dijo Charlotte, sorprendida, mientras Caroline le comentaba los planes en el trayecto de Cater Street a Pimlico—. No sabía que estuviera casada. ¿Trabaja su esposo en el teatro?
—No seas inocente —espetó Caroline con resolución, la vista al frente.
—¿Disculpa? Oh. —Charlotte se sentía violenta—. ¿Quieres decir que no está casada? Lo siento.
—Sería mejor no mencionarlo —apuntó Caroline secamente.
—Por supuesto. ¿Quién más vive allí?
—No lo sé. Un par de ingenuas en la buhardilla.
—¿Un par de qué?
—Actrices muy jóvenes que hacen de chicas inocentes.
—Oh.
No hablaron más hasta que llegaron a Claverton Street, en Pimlico, y se apearon.
Les abrió la puerta una muchacha de unos dieciséis años, muy atractiva, que lucía un atuendo mucho más colorido que el de cualquier otra camarera que Charlotte hubiera visto. En lugar del habitual vestido de paño oscuro y el delantal y la cofia blancos, llevaba un vestido rosa bastante favorecedor y un delantal que parecía haberse puesto apresuradamente. No lucía cofia en su abundante y oscura cabellera.
—Oh, buenos días, señora Ellison —saludó con alegría—. Supongo que querrá ver al señor Fielding. ¿O acaso a la señorita Macaulay? Creo que los dos están en casa. —Abrió la puerta de par en par.
—Gracias, Miranda —repuso Caroline. Subió los escalones y entró en el recibidor.
Charlotte iba justo detrás, asombrada por la familiaridad con la que la chica había saludado a su madre.
—Esta es mi hija, Charlotte Pitt —presentó Caroline—. Miranda Passmore. El señor Passmore es el director de la compañía.
—Encantada de conocerla, Miranda —dijo Charlotte ordenando sus ideas a toda prisa y esperando que fuesen las palabras correctas para alguien de tan extraordinaria posición. En ninguna otra parte había conocido a una camarera tan singular que fuera hija del director de lo que fuera.
Miranda esbozó una amplia sonrisa. Quizá ya había vivido esa situación muchas veces.
—Encantada de conocerla, señora Pitt. Suban, por favor. No tienen más que llamar a la puerta al llegar.
Charlotte y Caroline cruzaron el recibidor, en el que a la primera le habría gustado detenerse al menos unos minutos. Al igual que la estancia del teatro en la que había estado demasiado ocupada para mirar, estaba decorado por completo con viejos carteles de teatro, y vio nombres fabulosos que evocaban imágenes de focos y drama, sonoras voces y la emoción de la pasión y el dramatismo: George Conquest, Beerbohm Tree, Ellen Terry, la señora Patrick Campbell, la imponente y maravillosa figura de sir Henry Irving como Hamlet y Sarah Bernhardt en una pose magníficamente dramática. Había otros personajes que no tuvo tiempo de ver, y siguió a Caroline de mala gana.
En el primer rellano había más carteles, esta vez de las óperas de Gilbert y Sullivan Iolanthe, Paciencia y Los alabarderos de la Casa Real.
A Caroline no le interesaban; aparte de que ya los había visto, estaba decidida a llevar a cabo su misión, y para ella el drama tras las candilejas no encerraba magia alguna en comparación con el de la realidad. Vaciló solo un instante en el primer rellano y a continuación siguió hasta el segundo. Este solo estaba decorado con un gran cartel del rostro dinámico y sensible de Sarah Bernhardt.
Llamó a la puerta que poco después abrió la propia Tamar Macaulay. Charlotte esperaba que tuviera un aspecto distinto a la luz de la mañana —más implacable— y sin actuación alguna en un futuro inmediato pero, para su sorpresa, su aspecto seguía siendo el mismo: el cabello, de un negro fúnebre, sin los habituales toques y visos de castaño que incluso los más oscuros cabellos ingleses acostumbran poseer; los ojos, profundos y vivaces, con un destello de diversión a pesar de la tensión y del conocimiento del dolor. Vestía con gran sencillez pero, en lugar de resultar apagado, su atuendo resaltaba el dramatismo de su rostro.
—Buenos días, señora Ellison, señora Pitt. Me alegro mucho de verlas.
—Buenos días, señorita Macaulay —repuso Caroline—. Disculpe que haya venido sin avisar y haya traído a mi hija, pero creo que el asunto es importante, o podría serlo, y no hay tiempo que perder.
—En ese caso será mejor que pasen. —Tamar se hizo a un lado para dejarlas entrar en la espaciosa y diáfana estancia.
Tenía el mobiliario de una sala de estar, aunque tal vez fuera un dormitorio cuando la casa la ocupaba una única familia. Presentaba una interesante mezcla de estilos. A un lado se alzaba un antiguo biombo de seda chino que debió de ser de una belleza extraordinaria, ahora ajada —el armazón de madera arañado en algunas partes—, pero que conservaba aún una elegancia que lo dotaba de cierto encanto y considerable gracia. Había un samovar ruso sobre una consola, cristal veneciano en la vitrina, un reloj de similor francés en la repisa de la chimenea y una mesa de caoba de estilo georgiano tardío de absoluta simplicidad y pureza de líneas que, en opinión de Charlotte, era el objeto más delicioso de la sala. Los colores eran suaves, cremas y verdes, y llenos de luminosidad.
Caroline estaba tratando de explicarle su misión.
La mirada de Charlotte continuó vagando por la estancia, en busca de pruebas de la niña de la que Caroline le había hablado. Reinaba un desorden accidental, propio del lugar que ocupa el centro de la vida de una casa: un chal en el suelo, un libro abierto, un montón de carteles de teatro y un guión en una consola, unos cuantos cojines a la buena de Dios. Entonces vio la muñeca, que se había caído del sofá y se hallaba medio oculta entre el volante de flores. Le invadió una repentina e irracional sensación de tristeza, tan aguda que le cortó la respiración y le puso un nudo en la garganta. Una niña sin padre, una mujer sola. ¿Era posible que Tamar Macaulay hubiera amado de verdad a Kingsley Blaine? ¿O acaso era solo un capricho, pasando por alto los hechos? No tenía ningún motivo para suponer que él fuera el padre. Podía ser cualquiera… incluso Joshua Fielding. Rogó a Dios que no fuera él. A Caroline le resultaría intolerable.
—Por supuesto —estaba diciendo Tamar—. Se lo ruego, siéntese, señora Pitt. Gracias por interesarse por este asunto. Llevamos bastante tiempo luchando solas, y ahora parece que se ha vuelto más peligroso, quizá necesitemos mucha ayuda. Al parecer alguien se ha asustado y ha reaccionado violentamente… de nuevo. —Palideció.
Charlotte no había oído la conversación, pero adivinó de qué se trataba. Aceptó la invitación.
—Nosotras estábamos presentes cuando el juez Stafford murió —explicó con un atisbo de sonrisa—. Es normal que deseemos participar en la búsqueda de quien lo mató y tener la absoluta certeza de que se trata de la persona correcta y no se produce ningún error judicial.
La expresión de Tamar era una mezcla de ironía, ira y dolor, amén de humor amargo. Si aún quedaba algún asomo de esperanza, Charlotte no lo percibía. ¿Cómo había logrado aquella mujer conservar el valor durante todos esos años, tras tan horrenda pérdida? La muerte de un allegado siempre es dura, pero la ignominia popular, el odio, la tortura lenta de la persona por la ley es muchísimo peor. Y luego estaba la certeza de que un día concreto, a determinada hora, vendrían a llevarse a esa persona, aún joven, aún saludable, para quebrarle el cuello en el extremo de una soga, deliberadamente, con objeto de satisfacer a una multitud enfervorizada. ¿Cómo se sentiría el pobre hombre la noche anterior? ¿Es la oscuridad infinita… o quizá demasiado breve? ¿Podría uno temer más la luz del día?
Tamar estaba mirándola fijamente.
—¿Está pensando en Aaron? —preguntó con absoluta franqueza.
Charlotte quedó desconcertada por un instante, luego se dio cuenta de lo sencillo que sería hablar de un tema tan angustioso abiertamente, en lugar de con rodeos, buscando un modo de expresarse sin utilizar las palabras precisas y de comprender lo que alguien quería decir tras los eufemismos.
—Sí —afirmó con un amago de sonrisa.
—¿Contempla la posibilidad de que se cometiera una injusticia? —inquirió Tamar.
—Por supuesto —respondió Charlotte con vehemencia—. Sé a ciencia cierta de hombres inocentes a los que no ahorcaron de milagro. Podría suceder fácilmente, y estoy segura de que ha sucedido a veces. Ojalá fuese imposible, pero no lo es.
—Es una idea peligrosa —expuso Tamar con ironía—. A la gente no le gusta. No puede vivir con la idea de que podamos ser culpables de tal error. Es mucho mejor convencerse de que Aaron era culpable e irse a dormir.
—Yo no tuve nada que ver en ello, señorita Macaulay —señaló Charlotte—. No me siento culpable por pensar que tal vez fuera inocente, solo siento pesar. La culpabilidad vendrá si no hago lo que pueda ahora para averiguar la verdad, tanto la de la muerte de Kingsley Blaine como la del juez Stafford.
Tamar sonrió abiertamente por vez primera. Era un gesto lleno de encanto, que le iluminaba el rostro y cambiaba todo su aspecto.
—Qué criatura más extraordinaria es usted. Pero supongo que tendría que serlo para casarse con un policía.
Charlotte quedó sorprendida. No había caído en la cuenta de que Tamar pudiera tener conocimiento de sus asuntos ni de lo que estos implicaban.
—Oh… me lo dijo Joshua —explicó Tamar con regocijo—. Deduzco que su madre se lo contó. —Miró y advirtió que Caroline se había ausentado—. Supongo que ha ido a sus habitaciones. Posiblemente por tacto… o… —Se encogió de hombros en un gesto expresivo, pero no dijo más.
Charlotte se sintió incómoda por un momento, preguntándose si Caroline se estaba poniendo en evidencia al mostrarse tan osada, pero no había modo de subsanar el error sin comprometer aún más la situación de su madre. No había nada provechoso que hacer, salvo seguir con el caso.
—¿Sabe algo de la muerte de Kingsley Blaine que no saliera a la luz en el tribunal? —preguntó con franqueza—. ¿Algo que usted contara al juez Stafford que le hubiera incitado a volver a abrir el caso?
Tamar negó con la cabeza.
—Nada que no estuviera en la apelación. Las pruebas médicas eran poco firmes. Humbert Yardley, el forense, comenzó diciendo que la herida que mató a Kingsley… —La tensión se reflejó en su rostro, la suave piel alrededor de la boca se volvió casi blanca. Logró mantener el tono de voz a duras penas—. Que la provocó algo más largo que un clavo de herrador. Más adelante dijo que podía haber sido un clavo poco común.
—¿Se encontró dicho clavo?
—No, pero la policía afirmó que Aaron bien pudo deshacerse de él en cualquier parte, arrojarlo a una alcantarilla. Presentamos la apelación basándonos tan solo en la incertidumbre. Probamos con otras cosas: el abrigo que nadie halló, el collar. Pero acabaron encontrando una explicación. Dijeron que el abrigo lo recogió un vagabundo y que yo me quedé con el collar.
—¿No cambió también de opinión la florista? —preguntó Charlotte.
—Sí, pero eso fue antes del juicio, no una vez en el estrado. Dios la asista; era una persona sencilla y tenía demasiado miedo a la policía para discutir.
—Señorita Macaulay —dijo Charlotte mirándola con amabilidad, intentando transmitir con la expresión de su rostro que solo preguntaba porque tenía que hacerlo—, aparte de por amor a su hermano, ¿por qué cree, en vista de tantas cosas, que era inocente?
—Porque Aaron no tenía motivo alguno para matar a Kingsley —respondió Tamar, los ojos brillantes, irónicos, francos—. Dijeron que Kingsley me había seducido y que estaba jugando con mis sentimientos, y que Aaron lo mató para vengarme, pero eso era un disparate. Kingsley me amaba e iba a casarse conmigo. —Lo dijo con bastante tranquilidad, como si fuera un hecho y no le importara si Charlotte la creía o no.
Charlotte quedó pasmada, si bien su reacción inmediata no fue de incredulidad. Si Tamar se hubiera mostrado más exaltada, más pronta a convencerla, tal vez habría dudado, pero la mera afirmación, como si se tratara de algo muy familiar para ella, le arrebató el instinto combativo.
—Pero ya estaba casado —observó, no para refutar su aseveración, sino en busca de una explicación—. ¿Qué iba a hacer a ese respecto?
Tamar se mordió el labio, mientras la vergüenza afloraba a su rostro por vez primera.
—Entonces yo no lo sabía. —Bajó la vista—. Al principio no lo tomé en serio. —Se encogió de hombros—. Esas cosas no se toman en serio. Al teatro vienen cientos de hombres jóvenes y mujeriegos con tiempo de sobra. Solo buscan un poco de diversión, de animación, para luego irse a casa con sus esposas tal y como la sociedad espera de ellos. Tardé meses en creer que Kingsley fuera diferente. Pero para entonces ya había aprendido a amarlo y era demasiado tarde para cambiar mis sentimientos. —Alzó la mirada rápidamente, en actitud defensiva—. Naturalmente usted dirá que debería haberle preguntado si estaba casado, y es cierto, pero no quería saberlo.
—¿Qué pensaba hacer con respecto a su esposa? —quiso saber Charlotte, que se abstuvo de emitir juicios.
—No lo sé. —Tamar meneó la cabeza sin dejar de mirar a Charlotte—. No me enteré de que estaba casado hasta después de su muerte. Si tenía la intención de casarse conmigo, supongo que iba a dejarla. O quizá no tenía la intención de casarse conmigo y solo prometió hacerlo para no perderme. En todo caso, lo importante es que Aaron tampoco lo sabía. Pensaba que Kingsley estaba libre y que se casaría conmigo.
—¿Está segura? —preguntó Charlotte con suavidad—. ¿No sería posible que se enterara de que el señor Blaine estaba casado y que lo matara por eso? Sería un excelente motivo.
—Lo sería, si fuese cierto. Vi a Aaron justo antes de que abandonara el teatro, y entonces no sabía nada que yo no supiera.
—Sinceramente, ¿se lo habría dicho a usted?
—Es probable que no, pero no habría hablado con Kingsley como lo hizo. Era buen actor, pero no lo bastante para engañarme. Lo conocía demasiado.
—Usted no dijo eso en el juicio, ¿no es cierto?
Tamar soltó una risita amarga, más bien un sonido ahogado.
—No. El señor James dijo que nadie creería que Kingsley realmente pretendiera casarse conmigo y que solo me haría parecer ridícula, y más víctima que si yo fingía ser la seductora y estar jugando con él. De ese modo parecería menos vulnerable y Aaron tendría menos motivos para vengarme.
Charlotte le veía sentido, y lo admitió a regañadientes.
—Creo que si yo hubiera estado en su lugar habría hecho lo mismo. No habría servido de nada decir la verdad.
Tamar torció el gesto.
—Gracias.
—¿Se lo contó al juez Stafford?
—Sí. Ignoro si me creyó. Tenía esa clase de rostro y de modales que una no es capaz de leer.
—¿A quién más se lo dijo?
Tamar se levantó y caminó hacia la ventana. El sol severo, al incidir en su rostro, revelaba cada plano y cada línea, y sin embargo la hacía aparecer más hermosa por la sinceridad de su emoción.
—A todos los que importaban, a todos los que quisieran escuchar. A Barton James, el abogado defensor, y antes que él a Ebenezer Moorgate, el procurador de Aaron. —Miró por la ventana, al frente. —Incluso acudí a Adolphus Pryce. Me dijo lo mismo que Barton James. Si hubiera explicado eso en el juicio, él le habría sacado partido. Lo creí. También fui a ver a los jueces del tribunal de apelación, a todos, pero ninguno me escuchó, salvo el juez Stafford, pobre hombre.
—¿Por qué fue diferente el señor Stafford? —preguntó Charlotte con curiosidad—. ¿Por qué estaba dispuesto a investigar de nuevo el caso al cabo de cinco años?
Tamar se apartó de la ventana y la miró fijamente.
—No estoy segura. Supongo que creyó lo que le contó de Kingsley, cosa que nadie más hizo. Y me interrogó sobre la hora en que Aaron salió del teatro y la hora en que salió Kingsley, pero no me dijo por qué. Créame, señora Pitt, me he devanado los sesos pensando en por qué iba a reabrirlo. Si lo supiera, podría presentar las pruebas al juez Oswyn. Alguna vez me pareció que podría haber escuchado, pero le abandonó el valor.
—¿El valor?
Tamar rió, una risa con profunda y dura aspereza.
—Difícilmente ganaría popularidad defendiendo ahora la inocencia de Aaron. Piense en ello. La ignominia, la vergüenza, la gente que se equivocó, las cosas que no se pueden cambiar. Y peor que todo eso, el desprestigio de la ley. —El pesar reemplazó a la ira—. Eso es lo peor de la muerte de Stafford: era un hombre valiente y honrado. Murió por ello.
Charlotte contempló su rostro apasionado y su tremenda seguridad. ¿Era eso lo que había conmovido a Stafford: el poder de su convicción más que las pruebas? ¿O sencillamente deseaba acallarla de una vez por todas, ahorrar al mundo la vergüenza de que hablaba, el desprestigio de la ley?
—Si no fue Aaron —dijo Charlotte—, ¿quién lo hizo?
El rostro de Tamar reflejó sarcasmo y dolor a un tiempo.
—No lo sé. No puedo creer que lo hiciera Joshua, si bien él y yo estuvimos una vez tan… unidos. —Utilizó la palabra con delicadeza, permitiendo que se sobrentendiera un significado más profundo—. Pero para entonces ya había terminado. Para ser sinceros, no fue más que propincuidad y juventud. La policía sospechó que pudo haber cometido el asesinato por celos, pero no puedo creerlo, no de él. Supongo que la única persona sería Devlin O'Neil, pero la pelea tendría que haber sido por algo mucho mayor que la apuesta de unas cuantas guineas de que se habló.
—Se casó con Kathleen Blaine —señaló Charlotte—. Quizá estaba enamorado de ella entonces.
—Quizá. No es imposible.
—¿Tenía ella dinero?
—¡Qué práctica es usted! —Tamar enarcó las cejas—. Sí, eso creo, o al menos muy buenas expectativas. Creo que es hija única, y el viejo Prosper Harrimore es rico… comparado con nosotros.
—¿Tenía dinero el señor O'Neil?
—Cielo santo, no, solo lo bastante para mantener un estilo de vida espléndido por un tiempo. —Regresó al sofá y se sentó de nuevo mirando a Charlotte—. Vivía de alquiler y tenía deudas con su sastre y con su vinatero, como la mayoría de los hombres jóvenes bien parecidos y ociosos.
—De modo que fue mucho lo que ganó con la muerte de su amigo.
Tamar vaciló solo un instante.
—Sí, es cierto, aunque desagradable y quizá no relevante. En cualquier caso, no sé de nadie más, a menos que se tratara de un perfecto desconocido… un ladrón… —No terminó la frase, a sabiendas de lo poco probable que era.
—¿Que crucificaba a sus víctimas? —preguntó Charlotte con escepticismo.
—No, eso fue obsceno —admitió Tamar—. No lo sé. No sé por qué O'Neil iba a hacer algo así, salvo para intentar culpar a un judío.
—¿Conoce a Devlin O'Neil?
—No. ¿Por qué?
—Bien, el mejor modo de averiguar algo más al respecto sería a través de él mismo.
—Difícilmente nos diría nada que lo incriminara.
—No a propósito, por supuesto —convino Charlotte—, pero solo podemos saber la verdad de boca de quienes la conocen.
El rostro de Tamar se animó repentinamente, un soplo de esperanza iluminó sus ojos oscuros.
—¿Estaría dispuesta a hacer eso?
—Desde luego —aseguró Charlotte sin pensarlo ni un minuto.
—En ese caso haremos que Clio la lleve. Aún conoce a Kathleen, y no sería complicado.
—Haremos no —se apresuró a corregir Charlotte—. Ha de hacerse como por casualidad. Ellos no deben saber que estoy interesada en el caso.
—Oh, sí, por supuesto. Qué estúpido de mi parte. Le presentaré a Clio. No está aquí esta mañana, pero la próxima vez, pronto. Ella la llevará.
—¡Excelente! Explíquele lo que necesitamos y por qué, y yo haré todo cuanto pueda.
Cuando Charlotte y Tamar empezaron a hablar del caso con franqueza, Caroline se dio cuenta de que su presencia era innecesaria, de modo que dio media vuelta en silencio y se dirigió a la puerta, la abrió y salió. Bajó por las escaleras y se hallaba ya en el recibidor, ante la puerta de la habitación de Joshua Fielding, la mano en alto para llamar, cuando se percató de lo atrevida que estaba siendo, de lo descortés de su proceder, impropio de lo que le habían enseñado y que ella misma había intentado enseñar a sus propias hijas. Si Charlotte se hubiese conducido de ese modo, a ella le habría horrorizado y así se lo habría dicho.
Le sobrevino la timidez y retrocedió. Parecería extraño, ridículo, pero tendría que volver arriba y esperar que nadie le pidiera una explicación. Dio media vuelta y, cuando se disponía a subir por las escaleras, Miranda Passmore llegó corriendo desde el piso de abajo.
—Hola, señora Ellison. ¿No está el señor Fielding? Creía que sí estaba, de hecho estaba segura. Espere, deje que llame de nuevo. —Y sin aguardar una respuesta, malinterpretando el sonido entrecortado que profirió Caroline, cruzó el rellano y golpeó la puerta de la habitación.
Hubo un momento de desesperado silencio. Caroline tomó aire, preparándose para protestar.
La puerta se abrió y apareció Joshua Fielding sonriente. Miró primero a Caroline, luego a Miranda.
—Ah, Joshua, sabía que estabas ahí —dijo Miranda alegremente—. La señora Ellison ha venido a verte, pero no la has oído. —Sonrió, echó a correr escaleras arriba y desapareció.
—Siento no haberla oído —se disculpó Joshua.
—Oh, es natural —repuso Caroline con presteza—. No llegué a llamar.
Él parecía perplejo.
—He… he venido con mi hija para ver a la señorita Macaulay sobre… sobre la muerte del juez Stafford. Pensé… —Se interrumpió, consciente de que estaba hablando demasiado, dando una explicación que nadie le había pedido.
—Me alegro de que intervengan en el asunto. —El actor esbozó una sonrisa en la que había calidez y cierta timidez—. Debió de ser de lo más angustioso para ustedes encontrarse allí y ver morir al pobre hombre, y después enterarse de que fue un asesinato. Lamento que les haya sucedido a ustedes.
—También me inquieta que se cometa alguna injusticia —dijo ella al instante. No quería que la creyera débil, preocupada simplemente por lo desagradable del hecho para sí misma e indiferente a los demás.
—No creo que pueda hacer nada —dijo él con una mueca—. El juez Stafford iba a reabrir el caso de la muerte de Kingsley Blaine pero, dado que al parecer no dejó nota alguna al respecto, es de suponer que al final seguirá cerrado… A menos que podamos descubrir lo que pretendía.
—Eso es lo que tenemos que intentar —dijo ella con tono apremiante—. No solo para lavar su nombre, sino también para protegerlo a usted… y a la señorita Macaulay.
Fielding sonrió, pero se trataba de una expresión llena de burla y de dolor.
—¿Cree usted que también nos culparán por esa muerte?
—No es imposible —aseveró Caroline con voz queda. Un repentino escalofrío la recorrió al darse cuenta de la verdad de lo que acababa de decir—. No tendrán otra elección si ni la viuda de Stafford ni el amante de esta son culpables. Será lo natural.
—No pienso como un policía —admitió él con tristeza—. Por favor, le ruego que no se quede ahí fuera. ¿Le resultaría muy indecoroso entrar? La casa está llena de gente.
—Naturalmente que no —se apresuró a responder Caroline, que sintió cómo el rubor le abrasaba el rostro—. Nadie podría sospechar… —Se interrumpió. Lo que iba a decir habría sido grosero. Se estaba excediendo, ya que los pensamientos que se agolpaban en su cabeza eran absurdos—. Nadie podría sospechar que se tratase de otra cosa sino cortesía —concluyó sin convicción, pasando ante Joshua al abrirle este la puerta.
La habitación era en extremo personal, la primera ojeada la sorprendió. Hasta ahora solo había visto a Fielding en el teatro o abajo, en la gran sala de estar de los Passmore, junto con Tamar Macaulay. Esta pieza era marcadamente suya. Un enorme retrato del actor Edmund Keene, pintado en sepia y negro, decoraba la pared del fondo. La pose era dramática e iba desde el suelo hasta una altura por encima de la cabeza. Dominaba la estancia con su presencia y le hizo darse cuenta, con bastante más intensidad que antes, de lo mucho que él amaba su arte.
Estanterías llenas de libros recorrían otra de las paredes. Había una mesita llena de papeles que ella pensó serían guiones. Varias butacas ocupaban el diáfano espacio, como si acostumbrara recibir a muchas personas, y lamentó tremendamente no ser una de ellas, no poder serlo. Un abismo de posición social y edad los separaba. De pronto se sintió muy sola y excluida de toda la risa, de toda la calidez.
—Ojalá supiera qué hacer. —El actor reanudó la primera conversación al tiempo que ponía a su disposición una butaca y esperaba a que se sentara. Era un gesto elegante, si bien a Caroline le recordó con claridad que probablemente fuera quince o dieciséis años mayor que él, poco menos que una generación.
—Hemos de contraatacar —dijo resuelta, combatiendo su propio sufrimiento con ira—. Hemos de averiguar la verdad que ellos desconocen. Está ahí, ellos simplemente se conformaron con aceptar la respuesta más fácil. Nosotros no.
Fielding la miró con creciente asombro… y admiración.
—¿Se le ocurre cómo hacerlo?
—Tengo alguna idea —respondió ella con bastante más seguridad de la que sentía. Hablaba como Charlotte, y resultaba espantoso… y emocionante—. Empezaremos trabando amistad con los implicados. ¿Quiénes son? Quiero decir, ¿quiénes podrían saber la verdad o parte de ella?
—Supongo que Tamar y yo mismo —contestó el actor, sentándose frente a ella—. Pero hemos hablado tanto de ello que no creo que quede nada que no hayamos tomado en consideración.
—Bien, si ninguno de ustedes mató al señor Blaine, y Aaron Godman tampoco lo hizo, ha de haber alguien más implicado —razonó ella. Le vino a la cabeza el rostro irónico, inteligente de Pitt y se preguntó si sería así como pensaba—. ¿Quién cree que lo mató?
Fielding reflexionó un instante, con la mano en la barbilla. Podría haber parecido una pose teatral en cualquier otro, mas en él era de todo punto natural. Caroline era perfectamente consciente de su presencia, del sol que entraba por la ventana para posarse en la espesa mata de cabello ondulado. Era demasiado joven para que el gris tiñera su brillo castaño. Sin embargo, finas arrugas surcaban la piel en torno a los ojos; no era un rostro exento de experiencia, de dolor. Nada quedaba de la impetuosidad o del espíritu indómito de la juventud. Quizá no estuviera tan lejos de los cuarenta.
En todo caso ella tenía cincuenta y tres. Solo pensarlo le producía dolor.
—Supongo que tiene que ser Devlin O'Neil —dijo el actor mirándola por fin—. A menos que sea alguien a quien no conozcamos. Creo que es impensable que la esposa de Kingsley supiera que pretendía dejarla por Tamar y que contratara a alguien para asesinarlo. —Un humor amargo iluminó sus ojos por un instante, luego se tornó en ira—. Si es que de verdad tenía la intención de dejarla, claro está. No creo que tuviera mucho dinero propio y habría tenido que renunciar a una vida muy cómoda y a toda su reputación. Nunca se lo dije a Tamar pero, sinceramente, creo que era poco probable que hubiese hecho tal cosa. Puede que se lo dijera porque realmente la amaba y no podía soportar perderla, de modo que mintió con la esperanza de que continuara todo el tiempo posible. Nunca lo sabremos.
Caroline decidió hacerle la pregunta más dolorosa. Le rondaba la cabeza y así acabaría con ello de golpe.
—¿Y ella se habría casado con él? ¿Acaso no es judía? ¿Qué hay de su fe, de casarse con personas de otra religión? —Detestó esas palabras en el mismo instante en que las pronunció.
—No sería conveniente —admitió él mirándola a los ojos—, pero no somos muy estrictos. Lo habría hecho.
—¿Y a su hermano no le importaba? —Caroline llevó la cuestión al límite.
—¿A Aaron? —Se encogió levemente de hombros—. No le era grato. Y naturalmente a Passmore tampoco le habría sido grato que ella hubiera abandonado el escenario y se hubiese convertido en una matrona respetable; quizá respetable habría sido imposible, ya que Blaine habría dejado a su esposa por ella, pero al menos hogareña, fundando una familia. Es la mejor actriz de la escena londinense actual… con la posible excepción de la Bernhardt.
—De modo que no le habría importado que Blaine se fuera… a otra parte.
Fielding esbozó una amplia Sonrisa.
—Ciertamente… si hubiera tenido conocimiento de ello. Pero no lo tenía. Pensaba que Blaine no era más que otro de esos que rondan los camerinos. Eran bastante discretos. Y ella tenía otros admiradores, ya sabe.
—Sí, por supuesto. Supongo que es natural. —Se alisó la falda maquinalmente.
—Muy natural.
—Entonces volvemos a Devlin O'Neil —afirmó Caroline con resolución—. Hemos de arreglárnoslas para conocerlo y averiguar todo cuanto podamos de él. Si no podemos demostrar la inocencia de Aaron, tenemos que demostrar la culpabilidad de otro.
Fielding exclamó con abierta admiración:
—¡Es obvio! Llevamos cinco años intentando demostrar que Aaron no lo hizo; deberíamos haber tratado de demostrar que lo hizo otro. Pero no teníamos la habilidad necesaria. —Se arrellanó en su asiento—. Y por supuesto no puede decirse que resultáramos muy simpáticos a O'Neil ni que ignorara nuestra intención.
—Naturalmente que no. Pero a mí no me conoce, y tampoco a mi hija, que tiene bastante práctica en estas cosas.
—¿Ah sí? Qué familia tan extraordinaria. Nunca más volveré a juzgar a la gente tan a la ligera. Parecen ustedes tan respetables… Le pido disculpas. —Rió alegremente—. Suponía que pasaban las mañanas visitando a modistas y sombrereros, escribiendo hermosas cartas a amigos del campo y poniendo orden en sus hogares. Y por las tardes visitarían a sus amistades o las recibirían, tomarían té y emparedados de pepino preparados por su cocinera y harían buenas obras en pro de los más desfavorecidos, o elaborarían delicados bordados. Imaginaba sus noches en los mejores eventos sociales o sentadas al amor del hogar leyendo instructivos libros y manteniendo conversaciones apropiadas, edificantes para la mente. Lo siento de veras. Recibo un baño de humildad. —La risa iluminaba su rostro—. ¡Nunca he estado más equivocado! Las mujeres son las criaturas más desconcertantes del mundo, a menudo completamente distintas de lo que parecen. Todo este tiempo han estado ustedes investigando crímenes atroces y desentrañando horribles secretos.
Caroline notó que el color le subía a las mejillas, pero mintió con todo descaro.
—No saldríamos airosas si actuáramos abiertamente —afirmó con la voz entrecortada por el nerviosismo—. El arte de la investigación reside en parecer inofensivo.
—¿Ah sí? —dijo él con curiosidad—. Hemos tenido tan poco éxito… quizá ese fuera uno de nuestros problemas. Tratábamos de parecer demasiado inteligentes.
—Bueno, tenían la enorme desventaja de que todo el mundo estaba al corriente de sus intereses —señaló Caroline—. Dígame, ¿cómo era Aaron? ¿Y Kingsley Blaine?
Fielding habló de los dos hombres durante una media hora. Conocía a ambos y les tenía afecto. Le refirió anécdotas amablemente, entre risas, pero todo el tiempo Caroline fue perfectamente consciente de que los dos habían muerto, y con ellos su juventud, sus esperanzas y sus debilidades. El actor hablaba con voz queda, su voz teñía las palabras de pesar, como si fueran más que simples recuerdos. Reflejaba una emoción que la hacía desear reír con él y llorar a un tiempo.
—Le habría gustado Aaron —aseguró. Era un cumplido, y Caroline lo recibió con entusiasmo. No lo había dicho porque Aaron Godman fuera una persona en extremo encantadora, sino porque le había tenido en tal estima que no podía imaginar que ella estuviera ciega ante unas cualidades en su opinión tan evidentes—. Era una de las personas más generosas que he conocido. Se alegraba del éxito de los demás. —Hizo una mueca—. Esa es una de las cosas más difíciles, pero para él era natural. Y podía ser tremendamente divertido. —El recuerdo suavizó su rostro. Luego, de repente, la tristeza lo invadió con tal virulencia que estuvo a punto de llorar—. Creo que no he vuelto a reír de ese modo desde que se fue.
—¿Y Kingsley Blaine? —preguntó ella con dulzura, deseando consolarlo, aun sabiendo que era imposible.
—Oh, era buena persona. Un soñador, poco realista. Amaba el teatro, su imaginación. No tenía paciencia con el oficio. Pero también era generoso. No era en absoluto un hombre rencoroso. Perdonaba con facilidad. —Se mordió el labio—. Eso es lo peor, lo más estúpido. Ambos simpatizaban. Tenían tanto en común que era sencillo. —La miró en silencio, como si se disculpara por la emoción.
Caroline le dirigió una sonrisa y se encontraron cómodos, sin necesidad de explicaciones.
El sol inundó la estancia de un breve resplandor y luego se nubló.
Había pasado la hora del almuerzo, y ella ni siquiera se había dado cuenta, cuando Charlotte llamó a la puerta y la devolvió al presente y a su papel de visitantes que debían ponerse en pie, despedirse y salir a la ajetreada y ruidosa calle con todo su apremiante estruendo.
—¡Supongo que has estado persiguiendo a esa gente del teatro otra vez! —exclamó la abuela tan pronto como Caroline pisó el recibidor. La anciana estaba de pie en el umbral del salón, pues había oído llegar el carruaje. Se apoyaba firmemente en el bastón, y la curiosidad y la desaprobación le agriaban el gesto—. No son buenos, ninguno… ¡inmorales, disolutos y excesivamente vulgares!
—Oh, a veces me gustaría que se mordiera la lengua —espetó Caroline tendiendo la capa a la sirvienta—.
No sabe lo que dice. Vuelva al salón a leer un libro. Cómase un bollo. Escriba a algún amigo.
—Tengo la vista demasiado débil para leer. Solo son las dos, demasiado temprano para comer un bollo. Y todos mis amigos están muertos —replicó la anciana con rencor—. Y mi nuera se está poniendo en evidencia, avergonzándome profundamente.
—Usted ya tiene bastantes locuras propias de que avergonzarse —repuso Caroline al punto, por una vez sin importarle un comino lo que pensara la anciana—. ¡No es necesario que se preocupe por las mías!
—¡Caroline! —La anciana le dirigió una mirada feroz cuando cruzó como una flecha el recibidor y comenzó a subir por las escaleras—. ¡Caroline! ¡Vuelve aquí inmediatamente! ¡Cómo te atreves a hablarme así! ¡No sé qué te pasa! —Se quedó mirando la espalda recta, la cabeza erguida de Caroline hasta que desapareció escaleras arriba. Luego profirió una imprecación.